Lo peor de todo era que ya nadie sabía lo que hacía allí. Venían de todas partes, a través del desierto helado y las ventiscas con sus trineos de barbas de ballena, encabezados por los perros jadeantes. Hacían de las preguntas más extrañas. ¿Cuánto me durará esta piel? ¿Cómo se cuida esta piel?
El mercado era humilde. Nadie habría podido esperar grandes cosas en aquel páramo de nada helada y sin embargo todos llegaban buscando un no sé qué de imposible. Había poco más, en realidad. Algún puesto de comida para los hambrientos aventureros del frío y caldo de caribú. Algún puesto de barbas de ballena para los trineos, cuerdas y otros utensilios. Pero eran los menos. Allí la mayoría nos dedicábamos a la venta de pieles.
Los que llegaban traían todo tipo de opiniones. Habían ido construyéndolas con esmero durante la travesía, sobre la planicie blanca y brillante, con los témpanos de hielo a modo de pilares, columnas y vigas. Empezaban a menudo por los cimientos. Partimos de aquí y de allá, y hemos de apoyarnos en esto y lo otro, nuestra piel ha de tener como base nuestros puntos fuertes. Después continuaban con el resto de la estructura. Había que buscar las palabras correctas. Y después los contactos, las vacaciones, los puntos intermedios. Hará falta una piel gruesa para las noches de invierno, cuando palidezca el fuego del hogar. Pero no demasiado gruesa, no. Hay que respirar, también. De esta manera, la construcción solía ser armónica y recíproca hasta los ornamentos. Eran éstos la parte de más delicada, pues cada uno tenía sus melindres y no había forma. De manera que la simplicidad era la opción más recurrente.
Pronto desechaban todo. Era nuestro trabajo, en cierto modo, hacerles notar las fallas en sus ingenuas estructuras. Esta piel se romperá aquí y allá. Y se miraban. Lo sabían, quizás lo habían sabido ya mientras construían sus elegantes estructuras heladas. Desde el inicio estaban condenadas a caer por su propio peso, pues faltaba un pilar aquí o allá, o quizás un ornamento, un pequeño ornamento de nada. De cualquier forma, cuando repetíamos las palabras esta piel se romperá aquí y allá, se miraban siempre con la misma aparente sorpresa y en armónico silencio giraban de nuevo sus rostros hacia nosotros y nos observaban incrédulos. Y para qué toda esta travesía, parecían querer decir.
Las pieles son equívocas como nosotros y esto era, quizás, lo único que le daba algo de sentido a todo. Los vendedores, por lo demás, tampoco sabíamos qué hacíamos allí. Pocos recordaban de dónde habían venido. Muchos habían aprendido el oficio de sus padres, y sus padres de los suyos. Era éste mi caso. Mi madre me había dicho pocas cosas, pero yo las he llevado conmigo como una alfombra o una corteza.
Ella decía cada piel es una caída. Una herida abierta de otras pieles. Después, a veces, añadía y cuando se eriza… Nunca terminaba esa frase. Nunca supe nada de mi padre, pero los largos rizos negros de mi madre cayendo sobre sus hombros me recordaban inevitablemente a cicatrices.
A veces, mi madre estaba triste. La piel, decía entonces, es el vestíbulo de la muerte, del hueso. En otras ocasiones, en cambio, afirmaba con mayor seguridad. Las pieles, hija mía, son como huecos. No son lo que son, sino lo que les falta. Sin saber esto, nunca podrás encontrar una buena piel.
Ellos llegaron un día casi de noche, cuando ya se estaban marchando los últimos. Con los perros jadeando y los huesos de ballena tintineando. Con los cabellos despeinados al viento y cierto ahogo rojo en los pómulos. Desprendían inconfundiblemente el olor de las almendras amargas. Llegaron sin tener ni idea de qué piel querían. Venían a preguntar, dijeron. Y para qué toda esta travesía.
Me ofrecí a ayudarles. Me hablaron de sus grandes momentos juntos, pero desde el principio difirieron en sus relatos. Él recordaba aquella cabaña en el bosque, una ciudad frente al mar y la roca firme bajo sus pies en la cima de una montaña. Ella decía los atardeceres todos los viernes, el roce de aquel quince de junio y un crepitante febrero entre la lluvia y el fuego.
En resumen, era una labor imposible. Empecé a ofrecerles diferentes pieles, sabiendo que todas fallarían. Ah, ah!, decía ella. Él asentía gravemente. Probaron todas. Pasaron la noche y probaron más. Siguieron probando pieles durante días hasta que acabaron por probarse todas. Entonces volvieron a mí y me dijeron que habían encontrado dos pieles y no podían decidirse por ninguna de las dos.
Les dije que había personas, pocas, que intentaban llevarse dos pieles. Rara vez funcionaba, pues los equilibrios se volvían constantes y casi insoportables, pero había quien lo consideraba la única solución. Negaron con la cabeza. Queremos una piel. Tomé la primera entre mis manos. Era una piel de caribú, suave, marrón y brillante, sin una mácula. Fallará aquí y allá. Sería perfecta para él, nefasta para ti. Ellos se miraron. Tomé la segunda piel. Era una piel de oso polar, blanca y vieja, ajada por el viento helado. Suspiré. Fallará aquí y allá. Sería perfecta para ella, nefasta para ti. Se volvieron a mirar, comprensivos. No había atisbo de sorpresa en sus rostros.
Se quedaron con nosotros, indecisos. Una mañana varios días después, él no pudo levantarse de la cama. Tiritaba y su frente ardía. Después empezó a delirar. Mis compañeros y yo le ofrecimos diferentes pieles para taparlo y que se restableciera, pero ninguna funcionaba, ni siquiera la piel de caribú que él mismo había elegido. Todas resultaban demasiado gruesas, por lo que se ahogaba en su calor, o demasiado finas, por lo que el frío penetraba y empeoraba la enfermedad. Agotados, al llegar la noche habíamos vuelto a terminar con todas las posibilidades. Ella tenía los ojos rojos. Nos devolvió las pieles y nos dió las gracias. Estaré yo con él. Cerró la tienda.
A la mañana siguiente, me despertó un ruido de barbas de ballena antes de lo habitual. Salí de mi tienda y comprobé que el mercado todavía dormía. Sólo a lo lejos, recortados en el sol naciente entre las lejanas montañas heladas, ellos partían con los perros jadeando y cierto ahogo rojo en los pómulos. Los llamé. Ella se giró hacia mí con una gran sonrisa.
-¡Ya teníamos piel! ¡Piel contra el espacio y contra el tiempo!
Sonreí también. Mi madre habría estado de acuerdo.


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