Arenga de Don Ademar
Alzó al cielo los ojos del sol buscando una herida,
llorando don Ademar que estaba su alma perdida.
Al descenderlos del alto topó con los seleucidas
de escuro rostro y escura mente embrutecida,
como de ángeles celestes de oro y plata bruñidas
brillaban sus armaduras en la tierra bendecida.
<< El Reino de Dios es nuestro, somos la mano elegida
para arrancar de su cuna malas hierbas corrompidas.
No temáis por la muerte pues el que nos da la vida,
a nuestro lado cabalga con ciega furia homicida
de aquellos que rehúsan de tener su recta brida>>.
Se encuentran los ejércitos
Al son de las trompetas despertóse la muerte
hallando de madrugada tan propicia su suerte.
Y en cabalgando llegóse a las tierras de Oriente,
do la sangre a la sangre acercaba ya sus huestes
camino de la gloria por el desierto perenne
y los siglos infinitos al galope en sus corceles.
Cuán rimado el silencio al avance de los franceses,
y sus odiados hermanos, cómo aprietan los dientes
para callar las herraduras los jinetes valientes,
alzando polvo a las nubes cegando al sol ardiente
que en vano quiere alcanzarlos con sus rayos hirientes.
Inicia la batalla
En el último instante callósele el intelecto,
como de hojas del otoño cubierto de penas cientos,
al joven Don Ademar y temblóle todo el cuerpo.
Ya rechinan las espadas, ya bajan lanzas del cielo,
ya se arrugan las armaduras camino del infierno.
Vea quienquiera que escuchare mis plañideros versos
cómo arrea Don Ademar a su pobre corcel ciego
entre la vertida sangre, entre el inocente fuego,
hacia allá donde la vida se convierte en un misterio.
Una lanza atravesando de su palafrén el pecho
desvistió a la bestia de su humano afecto
y finalmente bendíjola con su último aliento.
Aún vibraba el venablo cuando Ademar al suelo
sacudido por su corazón alcanzó con un beso.
Duelo con el moro
Y arrastrando por la arena de su pecho el latido,
por la tierra do el Señor nos convirtió en sus hijos,
de huir trataba Ademar dejando a sus amigos.
Aparecióle de frente, en mitad de su camino,
un moro que se hallaba como él tan perdido.
Desenvainando la espada sintió en su vientre el frío
de la muerte y el polvo que serían su destino.
Tras un largo intercambio do perdió del tiempo el sentido
se hallaron cristiano y moro sin sus armas protegidos,
mas encontró Don Ademar por la vereda del río
donde su fiero combate les había conducido
blanca lanza que el Señor había bendecido.
Arrodillóse el moro rogando clemente castigo
con la muerte en los labios y en sus ojos un vacío
de llanto y piedad y temor como el de un recién nacido.
Desoyólo Don Ademar y con un salvaje grito
enarboló la lanza sagrada contra su enemigo
y atravesando su pecho cortó de su vida el hilo.
Una gota de sangre de su cuerpo ya frío
de la punta hasta sus manos halló blanco el camino.
Al contemplarla Ademar tembló por lo desconocido
y al ver caer a su hermano de viva muerte vestido
gritó de nuevo “Deus vult!” con las manos llenas de lirios.
EL DESPERTAR
Despertóme aquel grito, a través de la ventana,
repetido por los siglos, por la turba malhadada
que entre bocinas de coches se agrupaba en la plaza.
Despertóme aquel grito del ensueño de mi alma,
que sonámbula y valiente hacia la turba cantaba,
hacia la turba insolente que alzando sus manos claras
de mi mezquita durmiente las paredes adornaba
de un mismo grito salvaje ya sin sentido las palabras.
Intentando convencerles que era la vida tan nada
para matar por banderas que a un mismo cielo aspiraban.
Mas desoyeron las bestias que en la noche blanca
cruel subterfugio hallaron para valer sus proclamas
de muerte y xenofobia en la piedra y en la llama
con las que a un mismo tiempo rompían las ventanas
y vertían inflamable líquido en la entrada.
El despiadado pánico inflamóme las entrañas
sin sentido empecé a correr y también sin esperanza,
y al escapar del infierno al que me condenaban
los falaces pecadores que el odio tenían por arma,
golpeóme roca dura do la memoria descansa.
Al despertarme de nuevo hallé la pistola blanca
en el nombre del Señor contra mi sien apretada.
Alcé los ojos al joven que así me amenazaba,
roguéle para despertar de su alma la parte humana,
con la muerte en los labios y vacía la mirada
de llanto y piedad y temor, que era la misma mirada
que tantos siglos atrás había sido tan vana.
Reconocióla Ademar y turbó la pena su alma
mas no se conmovió por su arrodillada hermana
y con salvaje grito de “Deus vult!” lloraba
cuando la roja gota por la pistola blanca
descendió hasta sus manos ya cansada y anciana.


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