El ciempiés XXV - Despedida del mar


Y al otro día estaba en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas.
(‘Pedro Páramo’, Juan Rulfo)

Somos libres, libres como barcas perdidas en el mar.
(John Dos Passos)

Antes de que se me seque la garganta, de que se me detengan los dedos como a esos a quienes el corazón ya no les late, empequeñecido por el tiempo. Antes de decir adiós al ciempiés y ahora que ya sé encontrar un camino en la fuente de tus recuerdos, en la niebla. Antes del último abrazo en la última noche en la última luna en la cresta de la ola. Antes de que la despedida empiece a filtrarse entre los dedos y a cubrir con un manto de lágrimas los edificios y los árboles que ven nuestros ojos. Antes de abrirlos.

Hemos vuelto a la playa, el ciempiés y yo. Hemos tocado la arena roja que cosquillea abrasadora nuestros pies desnudos y se cuela por el hueco de mi dedo gordo y de los ciendedos gordos del ciempiés. Las caracolas y los cangrejos nos saludan asomando sus pequeñas cabezas entre las rocas que bordean el mar, viejos amigos de la infancia que borbotean burbujas de recuerdos de sus bocas anaranjadas. Siguiendo el rumor de las olas, nos sentamos a la orilla de su canto, permitiendo que el vaivén musical de la espuma moje nuestros pies desnudos y empiece a impregnar nuestras almas de sal. Escuchamos en silencio las cartas del barquero como nos había pedido, esculpidas en el mar durante los siglos. Cuando el canto de las musas de espuma ha vaciado nuestra mente, nos levantamos y caminamos hacia el agua, que acaricia ya nuestras rodillas, nuestra cadera y nuestro cuerpo todo.

Nos zambullimos como una gaviota en busca de su presa. Y nuestra presa es algo que no conocemos pero que está sin duda dentro del mar en el fondo del mar un tesoro perdido o una patera ahogada. Primero nos dejamos mecer por las olas, nos dejamos acariciar por su espuma que rompe en nuestra piel como en un duro y dulce acantilado, cuyas rocas blandas de color carne sienten también el paso del tiempo. En la cresta de la ola del último suspiro gritamos y llenando de aire marinero, de aire de gaviotas y amapolas nuestros pulmones nos sumergimos más adentro, mar adentro. Donde el silencio azul del océano cierra nuestros tímpanos como una nana de medianoche, donde el silencio azul. Sin escuchar nada ni nuestros pensamientos, dejamos que el mar penetre nuestra corteza de abeto por cada uno de sus poros, nuestra piel rezuma, respira agua de mar.

Abrimos los ojos y nos miramos bajo el agua. Veo al ciempiés cubierto de un brillo irisado y azul, esmeralda reflejada en sus ojos negros y profundos que me observan y parecen un abismo, una de esas fosas oceánicas que suelen encontrarse en los límites del yo y el mundo o junto a arcos de islas volcánicas, y donde renace el agua. Esas fosas oceánicas que hoy en día llenamos de cachivaches para construir nuestras ficciones de libertad. Pero la libertad se encuentra en el mar y en cada una de sus barcas abandonadas a su designio y en esos ojos de ébano que nos miran como abismos que hoy más que nunca separan los continentes.

Volvemos a casa mientras mientras en el aire marinero se escucha una canción:

-Rema mar adentro, rema más y más, buscando los mares de la eternidad.

Y después viene el silencio.

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