El ciempiés XXII - La fuente


Es un viaje al extranjero, así como comienzan todos los grandes relatos; un escritor es un extranjero del mundo o un extranjero de sí, que al fin y al cabo es lo mismo.

El primer día salimos del hostal y empezamos a caminar por la piedra antigua de sus calles casi desiertas. La ciudad ondea en torno a nosotros (el ciempiés y yo) como una bandera y nos detenemos en su textura, en sus sabores, en sus olores. La gran catedral es de cruz latina, con alta bóveda cubierta de pinturas renacentistas cuya belleza culmina en una gran cúpula de bronce en su exterior y en el dorado mosaico que corona el ábside. Después visitamos las antiguas ruinas por las que otrora caminaran seres distintos de nosotros y que ahora imaginamos caminando a nuestro lado con sus pechos nobles y sus togas blancas e incluso hablamos con ellos en latín y en otras lenguas que el ciempiés conoce. Es sumamente interesante hablar con ellos, lo saben todo quiénes somos nosotros (el ciempiés y yo) de dónde venimos a dónde vamos nos sirven de guías turísticos, sólo hay una cosa que no saben, y es quiénes son ellos de dónde vienen y a dónde fueron.

Todos los días siguientes volvemos a recorrer calles distintas desiertas que confluyen en los mismos lugares como ríos de gente la catedral de toga blanca las ruinas de ábside dorado nuestros amigos de piedra antigua con los que charlamos largo rato sobre el tiempo y las tormentas y los tormentos del ser humano. Ellos (la catedral las ruinas nuestros amigos) lo saben todo sobre los tormentos porque los sufrieron y también sobre el tiempo porque fueron y son, como agua de una misma fuente.

El último día, en un rincón escondido, encontramos la fuente. Es una fuente magnífica de mármol blanco veteado. Redonda y de dos niveles, cuatro chorros brotan de cada una de sus cuatro esquinas coronadas por seres mitológicos. El agua sigue todos los días su mismo cauce desde el nivel bajo de mármol blanco veteado hasta el nivel alto de mármol blanco veteado y de nuevo al mismo nivel bajo de mármol blanco veteado, caída en picado fuera del tiempo. E incluso alguna gota despistada logra desplegar sus alas para venir a posarse de forma refrescante en nuestros rostros.


Cuando nos despedimos de la fuente, de la ciudad y de nuestros amigos, éstos portan togas negras porque no es de ellos de quienes nos partimos, sino de nosotros mismos.

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