(Versión revisada de un relato de hace cinco o seis años)
Cuando era niño, solía pasear por las mañanas en la playa, junto a la orilla del mar, cogido de la mano de mi padre. Él siempre disfrutaba inmensamente de aquellos tranquilos paseos escuchando en silencio el murmullo de las olas, que parecía la melodía reflejada del cielo recién iluminado, como si ése fuera su único mundo. Yo, aunque no lograba apreciarlo de la misma forma, le acompañaba siempre pues me gustaba verlo tan feliz.
Un día, mientras paseaba por la playa, temporalmente separado de la mano de mi padre, escuché una voz que susurraba en mi oído: <<¿Recibiste la carta que te envié?>>. Al girarme, vi a un anciano marinero cuyas ropas parecían más bien harapos, desgastados por la sal y el tiempo. Inmediatamente tuve miedo y corrí de nuevo a refugiarme entre los dedos de mi padre. Volví la cabeza, pero el viejo había desaparecido. Miré a mi padre y él me respondió con la sonrisa tranquila que siempre vestía en aquellos paseos. Pensé que habría sido una ilusión y le devolví la sonrisa.
No volví a acordarme del misterioso viejo hasta que, a la mañana siguiente, volví a escuchar el mismo susurro cansado al oído: <<¿Recibiste mi carta?>>. Al girarme, el anciano marinero volvió a aparecer ante mis ojos. Huí de nuevo a esa guarida que encerraban los dedos de mi padre, que tampoco ese día pareció haber visto al viejo.
Volvió a ocurrir de la misma forma la mañana siguiente, pero esta vez logré vencer el miedo primero y respondí:
- ¿Qué carta?
- La que te escribí ayer en el mar...
No entendí nada, así que corrí una vez más junto a mi padre, que tampoco pareció haber sentido nada. Ocurrió durante varios días la misma escena.
- ¿Qué carta?
- La que te escribí ayer en el mar... - decía siempre él.
Y yo corría a los brazos de mi padre. Pero un día...
- ¿Qué carta?
- La que te escribí ayer en el mar...
Y no corrí. Permanecí quieto, indeciso; la curiosidad se contraponía al miedo y me paralizaba. El viejo aprovechó mi indecisión para volver a hablar:
- Ven mañana, justo antes de la salida del Sol, a la pequeña cabaña que ves un poco más allá, junto al acantilado, al final de la playa. Te lo explicaré entonces.
Por supuesto, no fui el día siguiente, ni tampoco el posterior. Tenía miedo. Pero tampoco volvió el viejo a aparecerse en nuestros paseos por la playa. Al tercer día, quizás espantado por la posibilidad de que aquel misterioso viejo hubiera desaparecido para siempre de mi mundo, escapé de casa justo antes de la salida del sol y acudí finalmente a la cita. Allí me esperaba el anciano marinero.
- Llegas un poco tarde - hablaba cansadamente, como si prefiriera el silencio, y sonreía sinceramente -. Pero lo importante es que has venido.
Lo observé. Estaba allí, con sus harapos, su voz cansada y sus vidriosos ojos soñadores, junto a una roída barca de madera. La acercó a la orilla del mar. Yo le seguí, inquieto. Se giró hacia mí, sin perder la sonrisa.
- Ven, sube, no tengas miedo, no iremos muy lejos - me dijo.
No pude moverme, pues volvía a ser presa del pánico y empezaba a lamentar haber acudido. Entonces, él me tendió su arrugada y marchita mano. Hubo algo en aquel gesto que me conmovió y me hizo perder el miedo. Me agarré fuertemente y me ayudó a subir a la barca. Dimos un largo paseo por el mar, siempre en silencio, durante el cual no dejé de observarlo. Tenía siempre una mano fuera de la barca y, con el dedo índice extendido, acariciaba dulcemente el mar.
Finalmente volvimos a la playa, aún en silencio, cuando el jugo rojo del sol comenzaba a rebosar en el horizonte. Nos despedimos también en silencio, sólo me dedicó otra de sus sonrisas sinceras. Al llegar a casa, seguían todos dormidos. Me metí de nuevo en la cama y dormí hasta que mi padre me despertó para nuestro habitual paseo.
Mientras caminábamos, oí el mismo susurro soñador y cansado que otras mañanas, que entonaba esta vez diferentes palabras:
- Cierra los ojos. Recibirás entonces las cartas que te escribí antes, en el mar. Cierra los ojos.
Cerré los ojos y escuché en silencio. El murmullo de las olas trajo a mis oídos lejanos susurros que se entrelazaban para formar una melodía tranquilizadora, maravillosa. Me sentí en paz conmigo mismo. Fui feliz. Después de un rato, una vez la carta hubo terminado, abrí los ojos despacio. Miré a mi padre, que me cogía la mano, a mi lado. Él también acababa de abrir los ojos y me sonrió, cómplice del secreto.
No volví a ver nunca al viejo barquero, pero su recuerdo y sus palabras se quedarían para siempre grabadas en mi memoria. Y aún hoy, muchos años después, todas las mañanas salgo a caminar por la playa, y cierro los ojos, y vuelvo a escuchar el murmullo de las olas al romper en la arena, que parece la melodía reflejada del cielo recién iluminado, como si fuera lo único que existe en mi mundo. Ahora llevo a mi hijo de la mano igual que me llevó mi padre y le vuelvo a dedicar las mismas sonrisas llenas de calma. El pequeño me las devuelve, contento por verme feliz. Pronto le visitará el barquero.


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