Cápsula del tiempo


He encontrado la fotografía durante mi expedición matutina en el núcleo de París con fin de eliminar las trazas de residuos radiactivos de la Bomba de 2057, que aún residen en las casas por otro lado abandonadas. La fotografía estaba guardada en una caja metálica de color rojo oxidado, donde, cual cápsula del tiempo, había perdurado más de cien años. La he tomado entre mis guantes de bismuto plomado, con la nostalgia de recordar a mi bisabuelo hablando de fotografías de papel. La he guardado en secreto y, contra toda normativa, después de una desactivación neutrónica, la he llevado a casa.

En casa la he observado largo tiempo, la he escaneado en el procesador y he realizado un análisis de imagen para captar cada detalle. En la fotografía aparecen dos jóvenes en una playa con el mar de fondo. La arena es fina, de alguna playa que da al océano, y hay huellas en ella grabadas. Al fondo está el mar compartiendo horizonte con el cielo y con un barco rojo y oxidado. El mar está bravo, erizadas sus espumas en olas que rompen entre las rocas, y el cielo está limpio, gris, nublado. Los dos jóvenes, una chica y un chico, ocupan la zona central de la foto, parcialmente de espaldas y a una cierta distancia el uno del otro. El tiempo ha borrado ligeramente sus rostros y no se puede precisar si miran la arena, el mar, el cielo o se miran entre ellos.

He enviado la fotografía al programa de reconocimiento facial de la investigación, sin resultados. No ha conseguido identificar a los dos jóvenes como habitantes de la París de 2057, ni siquiera como habitantes registrados del mundo. Quizá el tiempo ha borrado demasiado sus rostros. Vuelvo a mirar la foto y, con un escalofrío, me pregunto si los dos jóvenes existieron, y si existen todavía, encerrados en esta cápsula del tiempo.

Se van las palabras, se van los nombres y, al final, sólo queda la belleza en el mundo.

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