El ciempiés y yo observamos con detenimiento la luna roja que se alza poderosa en el firmamento como escupida con amor en un lienzo y el ciempiés exclama << ¡Vuelven los artistas! >>, me coge del brazo y me arrastra a otro lugar quizás otro universo.
Llegamos a un poblado de lo que parece África, un poblado perdido en la sabana desierta. Cuando llegamos al poblado me extraña el inmenso e impenetrable silencio. Sólo se escuchan ruidos de palos tierra pisadas, ni una voz. El ciempiés observa divertido mi extrañamiento. Nos acercamos a la primera cabaña donde una mujer con un niño en brazos pinta con el brazo libre en la piel de algún animal que ha tomado como lienzo. Me detengo a su lado ella me mira con una sonrisa seca por el desierto y después se gira y sigue pintando. La obra es abstracta y tiene los colores del verano rojos y amarillos se entrelazan en formas imprecisas. Pero hay de vez en cuando algún objeto reconocible. Quizás una acacia o un león. El niño en su brazo derecho me mira después continúa observando el cuadro con atención infinita. Casi puedo observar un brillo particular en sus ojos ante una determinada pincelada roja y pasional de su madre. Intento comunicarme con la madre le hablo le hago señas y debo insistir antes de que separe el pincel del lienzo y me dedique una mirada cansada y comprensiva. Arranca una esquina del lienzo aún sin pintar, la rasga con una pincelada brusca y amarilla transversal y me lo entrega.
Observo sorprendido el trozo de piel y su línea brusca y amarilla. Miro al ciempiés sorprendido y él se encoge de cienhombros, aunque sé que no dice la verdad. Sigo caminando por el poblado me encuentro a un hombre de cabello cano y escaso que pinta de la misma forma que la mujer con su niño, pinta sobre una piel de animal como lienzo pinta con los colores del verano rojos y amarillos formas imprecisas y alguna precisa como una gacela o lo que parece la hierba seca de la sabana e incluso (algo nuevo) un ojo, un ojo humano. El hombre me mira a mí y después al cuadro y después de parecer reflexionar durante unos instantes toma la obra entre sus manos me vuelve a mirar y comienza a andar, le sigo. Llega ante la cabaña de otro hombre algo más joven que también pinta con los colores del verano amarillos y rojos (todos los hombres y las mujeres del poblado perdido en la sabana desierta pintan en pieles de animales como lienzos con los colores del verano). El hombre mayor le entrega su obra al más joven. Éste la observa mientras el otro espera durante unos minutos quizás una hora o quizás más. El tiempo parece no pasar en el poblado perdido en la sabana desierta.
Al final el hombre más joven (el ciempiés y yo hemos permanecido impasibles observando, al menos yo preso de una curiosidad pasmosa) el hombre más joven levanta la mirada del cuadro y sus ojos expresan comprensión cuando clavan sus córneas en las del hombre mayor. Le devuelve su obra y ambos se reúnen al cabo de unos minutos con lanzas y otros instrumentos de caza y parten hacia la sabana desierta.
El ciempiés y yo permanecemos varios días conviviendo con la tribu, observando y estudiando su peculiar forma de comunicación y voy a exponer a continuación las conclusiones a las que llegamos. Los habitantes del poblado en la sabana desierta se comunican mediante cuadros, mediante cuadros abstractos en los que expresan sus sentimientos sus ideas sus órdenes sus sugerencias todo y cuanto se suele expresar en cualquier lengua. Y han encontrado que la forma más libre y sencilla de hacerlo es mediante la abstracción. Nunca llegamos a entender (ni el ciempiés ni yo) ninguno de los cuadros si acaso algunas "palabras" en ciertos casos y tampoco cuando intentamos componer los nuestros propios tenemos éxito pues parecen no comprendernos, como si habláramos una lengua distinta. De cualquier forma las conversaciones de los habitantes de este poblado son inevitablemente largas y tediosas pero esto no parece perturbarlos, al contrario se dedican a esta tarea con determinación. Quizás el rasgo más interesante de su comunicación es que nunca tienen problemas para entenderse. Tan sólo necesitan observar la obra de su congénere durante minutos u horas, después se miran a los ojos con ese brillo de entendimiento siempre y nunca pudimos (ni el ciempiés ni yo) registrar ningún caso de malinterpretación o de falta de comunicación. Cómo puede ser esto posible es algo que escapa a nuestra lógica.
Al cabo de unos días como digo nos vamos el ciempiés me toma del brazo y después de caminar infatigablemente durante horas llegamos a otro poblado perdido en la sabana desierta. Con sorpresa encuentro que también en este poblado pintan: pinta otra madre con otro niño en el brazo izquierdo pinta otro hombre mayor pinta otro hombre más joven y todo el poblado pinta cuadros abstractos en pieles de animales como lienzo con los colores del invierno azules y morados pintan formas imprecisas y también alguna precisa. Nos acercamos y observamos que se comunican de igual forma.
De repente se oyen gritos a lo lejos el ciempiés me vuelve a tomar del brazo y corriendo nos alejamos a una distancia prudencial escondidos tras una acacia. Observamos llegar a los habitantes del primer poblado enarbolando sus lanzas tocando sus tambores gritando y gritando.
Cuando ya ha pasado todo volvemos (el ciempiés y yo) y aún puedo salvar un trozo de lienzo pintado con los colores del invierno azules y morados. Puedo salvarlo de la destrucción de su creador y su poblado que arde ahora con los colores del verano rojos y amarillos.


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