¡Lázaro, ven afuera! (Juan 11:43)
Ya ha anochecido ya vuelve a anochecer y vuelvo a casa andando cierro los ojos. Hay en el ambiente algo un ambiente de vino de más y de niebla de más, la niebla ha venido a cubrirlo todo con su manto mágico. La niebla ha venido a cubrirlo todo árboles y aceras, edificios y carreteras, coches vacíos con lunas en los cristales y alrededor la niebla acariciándoos, acariciándome con su lengua poética. Cierro los ojos.
Cuando los vuelvo a abrir está el ciempiés.
Salto grito soy persona y nadie y muero un instante delante de tus ojos de ciempiés impasible, tus ojos negros e insondables como el miedo o el deseo. Te grito no puedo hablar así que grito cómo después de tanto tiempo grito exaltado y tú me miras me miras con esa mirada de no haber visto a alguien en toda una muerte esa mirada que se queda grabada en mí ya para toda la eternidad.
Aquí estás (aquí estabas). Con tus pinzas de crujir el aire melancólicamente y esa coraza negra tuya que te ha asignado el mundo y que te separa del mundo (qué irónico, ¿no?) envuelto en la niebla más espesa. Primero creo que es el vino primero creo que son las lágrimas que ya abrasan mis mejillas como una colada de lava primero creo que es una composición mágica de la niebla, de los árboles y las aceras, de los edificios y las carreteras en do mayor. Pero aquí estás. Aquí estabas siempre. Esperándome en la niebla.
Te pregunto cómo es posible después de haber muerto yo mismo oí yo mismo pensé cómo morías cómo es posible pero claro siempre exististe cómo ibas a morir y sólo esperabas entre la niebla en la niebla cómo es posible de verdad cómo es posible tantas lágrimas cómo es posible reconocer cada una de tus ciempatas destejidas del jardín de los recuerdos cómo es posible. Tú me respondes algo que olvido.


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