Tiempo



Érase un mundo sin relojes. Ni los convencionales, ni los de muñeca, ni reloj de bolsillo, ni despertador, ni cronómetro, ni temporizador en lavadoras o microondas. Un mundo en el que nadie envejece, un mundo sin horas ni segundos, sin días ni meses ni años. Los habitantes de este mundo tienen todo el tiempo del mundo para hacer todas las cosas del mundo. Pero, incluso sin envejecer, el despiadado tiempo transcurre igualmente. Los habitantes del mundo van acumulando días, años y décadas de vida a la espalda como quien porta una mochila que va cargando de esa sustancia etérea y plomiza en que se transforma el tiempo pasado. El pasado pesa, no por la vejez sino por las experiencias. Seguir viviendo va perdiendo sentido según se va viviendo, según se van teniendo experiencias. Porque nunca se han a repetir, porque son para siempre memoria y revivir memorias nunca es tan excitante como crearlas. Paradójicamente (o quizá no tanto), sólo viviendo, sólo teniendo experiencias se le da sentido al tiempo vivido. Pero dejemos ya de divagar. Es por esto que los habitantes del mundo, según van cargando años y décadas a su espalda, van tomando más riesgos en sus acciones. Hasta que un día, con un poco de mala suerte, mueren.

Ahora pongamos que, llegado un momento, los habitantes del mundo aprenden a viajar en el tiempo. ¡Viajar continuamente! Érase un mundo cuyos habitantes viajan en el tiempo, continuamente. Con sólo pensarlo pueden recorrer la flecha del tiempo hacia delante o hacia atrás: devolver el agua derramada al vaso, dejar de haber dicho o hecho lo que acaban de decir o hacer, o lo que dijeron o hicieron hace unas horas o días, con sólo pensarlo. Viajan así constantemente en el tiempo, atrás y adelante, construyendo sus vidas magníficamente, como el arquitecto revisa y retoca una y otra vez los cimientos de su edificio y las vigas, y las formas del tejado y de la fachada. Y así maquillan las conversaciones y los actos hasta explorar todas las posibilidades y elegir la mejor. Por supuesto, los habitantes del mundo no envejecen, aunque envejecer estaría desprovisto de significado de todas formas. Quizá os preguntéis cuándo mueren los habitantes del mundo. Obviamente, viven hasta que se cansan de vivir, hasta que la mochila pesa demasiado y seguir caminando ya ha perdido sentido y entonces mueren de esa forma perfecta que ya habían premeditado, pues el arquitecto ha decidido desde el principio.

Finalmente, pongamos que, llegado un momento, deja de existir el tiempo mismo. Que deje el existir el tiempo no significa que el tiempo no pase, significa que no hay tiempo. Que todo está concentrado en un punto, todas las acciones, todo pasado y futuro posibles en un mismo punto: el presente, que es el pasado y es el futuro. Y aquí, amigos, existen únicamente dos tipos de habitantes en el mundo: los que viven el futuro y los que viven el pasado.

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