Fue poco antes de la muerte del ciempiés y os lo cuento ahora que sólo quedan las cenizas de las fotos y de los recuerdos.
Es en aquel viaje a Venecia y hemos bebido de más, aunque no nos damos cuenta porque todo parece siempre de menos cuando se acercan los finales. En la ebriedad como en una nube, en lugar de entrar a nuestro hotel en S. Simeon Picolo, entramos en la casa adyacente y allí dormimos.
Es ya la mañana siguiente y al abrir los ojos el paisaje es distinto a la rústica habitación del hotel con vistas al canal. Se oyen ruidos tras la puerta entornada, dos personas hablan en italiano. Salimos (el ciempiés y yo) de la habitación y avanzamos por el estrecho pasillo. Un olor a especias y guiso llega del final y hacia allí nos encaminamos, recorriendo un sinnúmero de puertas cerradas que quién sabe qué mundo abrirían.
Al llegar a la cocina, hay dos personas un hombre una mujer un matrimonio quizás. Nos indican que tomemos asiento la comida está casi terminada (el ciempiés tiene cierta soltura en italiano y me ayuda a traducir y a poner la palabra adecuada en cada hueco de la frase). Me llaman por un nombre distinto Marco pero no pasa nada, la primera vez lo confundo con Mario y de cualquier forma estamos hambrientos.
La primera semana se nos hace un poco extraño, como si fuéramos ese pequeño charco de mar que se queda rezagado tras una marea especialmente alta, se entretiene retozando entre las rocas y de repente se da cuenta de que el mar ya se ha ido y se ha quedado encerrado en una oquedad. Y aún sabiendo que ése no es su lugar, no puede escapar y se limita a esperar que el tiempo pase y se lo lleve consigo en un vapor trémulo o vuelva el mar a reclamarlo. Así nosotros esperamos en aquella casa de S. Simeon Picolo, esperamos a que nuestra vida de más allá nos reclame, pero no lo hace y al fin y al cabo Fioralba y Francesco nos tratan muy bien, la comida italiana es deliciosa y no parecen presentar ningún inconveniente ni pregunta sobre nuestra estancia.
Después de un mes nos acostumbramos y decidimos explorar las puertas cerradas del pasillo. En alguna ocasión habíamos escuchado abrirse arbitrariamente una u otra, acompañada de algún sonido, pero cuando salíamos ya estaba siempre el pasillo estrecho de nuevo vacío, solos sus cuadros silenciosos de pinturas campestres. Así cuando al final nos decidimos a abrir una puerta cualquiera arbitrariamente, nos encontramos a una pareja desnuda (no eran Francesco y Fioralba) revoloteando torpemente entre las sábanas como pájaros sin alas y aparecen así, bajo la luz veneciana de la ventana que da al canal principal. Cierro la puerta de inmediato, avergonzado, y al cabo de un minuto salen ambos, ya vestidos. La joven es sueca Ingrid y él italiano y ella dice:
-Llegué aquí como tú, sola y por error.
-Pero yo no estoy solo, yo tengo al ciempiés...
-Después lo encontré a él - prosigue ella, haciendo caso omiso a mis palabras, y señala con una sonrisa a su novio italiano-. Curiosamente, hay una historia similar detrás de cada puerta del pasillo. Tienes que encontrar la tuya.
Le doy las gracias y nos alejamos (el ciempiés y yo), ella grita ya desde lejos tienes que encontrar la tuya.
Pasan los meses y no encuentro la mía. Pero llega el invierno y la lluvia limpia Venecia, arrastra los turistas a los canales y deja las calles vacías. Es entonces cuando caminamos sin cesar, completamente empapados, por esa Venecia única y vacía, y atravesamos el puente de Rialto en silencio y la plaza San Marcos se vuelve inmensa en torno a nuestros brazos bajo la lluvia incesante. Viajamos también unos días a Florencia y llegamos de noche, caminamos, giramos la esquina y ahí está el Duomo iluminado como una visión, imponente e inolvidable.
Algún tiempo después, un día como otro cualquiera le comunicamos a Fioralba y Francesco nuestra intención de marcharnos. Ellos me miran apesadumbrados e intentan impedirlo. Piensan que no he encontrado la mía, pero yo he encontrado la mía y hay cosas que sólo se poseen en el recuerdo. Y así dijimos adiós a Venecia, Florencia...
El amor es un hogar. Un lugar seguro al que volver cuando el peligro acecha para encontrar resguardo en unos labios de siempre bienvenida. Con chimenea y un fuego crepitante de caricias y un sillón de brazos cálidos. Un hogar de disputas y alegrías, de gritar hasta al amanecer de rabia o placer pero siempre un hogar, una sima hasta lo más profundo y en cuyo fondo, tan alto como el cielo, uno se acurruca y palpa su propia alma. El amor es un hogar y es por eso que uno siempre tiende al amor, a ese refugio seguro, con el natural instinto de épocas primitivas. Hay muchos que tienden al amor descaradamente, por miedo o por gusto, pero hay otros que preferimos ser vagabundos.


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