Hoy ha pasado un mes sin el ciempiés y aún no ha anochecido. Desde la ventana se ven todos los rayos de sol hiriendo flores y árboles, ese jardín de recuerdos, iluminado, cegador. Salgo a la calle, salgo a pasear por el jardín de recuerdos y el sol golpea incansablemente mi espalda como el tic-tac de un reloj. Han pasado días y días sin noches y no logro escapar de este jardín de recuerdos, laberinto sin laberinto.
No consigo escapar por ejemplo de aquel día en que conocimos (el ciempiés y yo) al hombre del tiempo, al hombre que se encargaba de lubricar bien temprano los engranajes de todos los relojes del mundo, y si se dormía un día, si por un día fallaba, se detenía temporalmente el tiempo. Nos contó que todo se veía distinto desde esa perspectiva, a través del mundo sin relojes y no a través de los relojes el mundo.
He viajado desde entonces sin el ciempiés o mejor dicho he deambulado por este jardín de recuerdos y siempre que he encontrado a alguien me he detenido a explicarle el por qué del árbol o de la flor, relatando hasta la más mínima brizna de hierba. Porque los detalles son lo que da forma a los recuerdos. Puede que este árbol frente a mí no sea el mismo de ayer pero ¡ay! Esa hoja verde, acariciada por la brisa, barnizada de luz en cada una de sus líneas, curvada con la suave pendiente de un horizonte, esa hoja es sin duda la misma.
Este jardín, este jardín encantado de recuerdos, quizá transforma todo, quizá todo se transforma al jardín y no consigo escapar. No consigo escapar de aquel día en que nos conocimos ciempiés (y escribo yo sin el ciempiés, no sé ya por qué uso el plural), aquella noche cuando aún anochecía, y escribo aquella noche en que nos conocimos con varias cervezas de más.
-Se puede sobrevivir sin cerveza, pero no vivir.
Yo deambulaba entonces, deambulaba por un jardín muy diferente a éste, un jardín de árboles grises rascacielos y flores vestidas con uniforme metálicos. Deambulaba por un jardín sin recuerdos y ahí llegaste tú y no me sorprendió verte, un ciempiés gigante y a esas horas, por eso que me habían contado de que la cerveza transforma la vida. Yo estaba roto y sin recuerdos y recuerdo que observé cómo crujía el aire entre las pinzas de tu boca, cómo observabas todo y hablabas sin hablar, con tu mirada negra e insondable, cómo te protegías del mundo con esa coraza negra tuya que te había asignado el mundo. Verte a aquellas horas en esa situación en esa estación de no esperar trenes ni nada, verte fue como torcer la esquina y ver frente a mí un gran Duomo iluminado, Florencia nocturna. Después me obligaste a escribir y devorabas todo insaciablemente pero eso ya lo he contado. Yo no podía hacer nada porque te alzabas poderoso y magnífico con tus pinzas de crujir el aire y esa coraza negra tuya que te había asignado el mundo y que te protegía del mundo (irónico, ¿no?).
Creo que de alguna forma siempre tuve la certeza de que no existías, pero no por eso fuiste menos real. ¿O acaso algo o alguien que no existe dejaría tras de sí este jardín de recuerdos, esta hoja verde y brillante?
Camino, camino y todo es jardín, jardín de recuerdos. ¿En qué lugar te escondes? Te veo en mis sueños y en la hoja verde y única. Si nunca exististe, si nunca tuviste cuerpo, ¿dónde, dónde te escondes ahora? Cierro los ojos pero no los recuerdos y las lagunas de tiempo llegan como la sangre a la herida y desbordan todo.


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