El ciempiés X - Fin



No todo tiene un fin, pero sí un final.

A las 12:38 tendrá lugar su muerte y todos los semáforos estarán en rojo. El ciempiés lo sabe y por eso aguarda ese momento más distendido que de costumbre. Yo, que aún nada sé de que el ciempiés va a morir ni siquiera de cómo ha de pasar uno las últimas horas de la vida, me extraño de su actitud, él niega y no hay más conversación.

Tropezamos con las aceras y hay un rumor de fondo que no escuchamos. Como sabe que son sus últimas horas de vida, me lleva a visitar el lugar en que nació, pero no lo dice. Es un parque y hay un barco anclado a las redes que gigantescas arañas tejían antes de que hubiera internet y que lo cubren todo, dando un aspecto de polvo y olvido.

Me lleva al agujero de la tierra concreto donde por primera vez abrieron los rayos de sol heridas maravillosas en sus ojos. Pero sigue callando y todo esto son sólo especulaciones mías. Me señala la hierba, que no es la misma. Me señala los árboles, que son los mismos, y sus hojas, que no son las mismas. Cómo hay cosas que cambian y se van con uno y hay otras cosas que permanecen ahí, arraigadas, estoicas, insensibles a las muertes de las personas o de los ciempiés. Si sólo dejaran escapar un poco de savia para demostrar que también sufren de nostalgia, que nos echan de menos...

Yo ya he comprendido y me embargo con la tristeza de los árboles insensibles y ya no puedo hablar tampoco. Seguimos caminando y su memoria empieza a revolverse, le dan náuseas y regurgita los primeros insectos que comió: algunas hormigas, moscas y finalmente también su madre ciempiés con un poco de vergüenza. Yo viendo su estado llamo a una ambulancia, pero la ambulancia me responde desternillándose de claxon que no recogen ciempiés. Observo impotente cómo la memoria del ciempiés en sus últimas horas se revuelve, se retuerce, sigue regurgitando a su primer amigo, a su primer amor.

Son casi las 12:38 y el ciempiés me confiesa confusamente entre vómitos casi pidiéndome perdón que se ha comido a todos los que han llegado a ser importantes en su vida y que ahora es mi turno, aunque no sea un ciempiés. Yo empiezo a correr y siento que su aliento mojado de insecto me persigue cerca. En un momento hay un frenazo y un sonido profundamente asqueroso como de moco y vida rota. Yo sigo corriendo y no miro hacia atrás.

Hoy ha pasado una semana sin el ciempiés y no he vuelto a pisar aquel parque ni sé si aún existió o existe (el parque o el ciempiés). En todo este tiempo no ha pasado nada absolutamente jodidamente nada más que el tiempo y ya empiezo a soñar con que aquel coche borracho no hubiera saltado el rojo del semáforo y el ciempiés me hubiera atrapado, me hubiera abrazado entre sus ciembrazos y me hubiera devorado minuciosamente hasta no dejarse por separar ni un sólo átomo.

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