El ciempiés VIII - El asesino



"...con el mismo propósito con el que el capitán Butler atravesó los bosques de Narrangasett cuando fue a la caza del famoso y feroz asesino Annawon, el guerrero principal del rey indio Philip." (Herman Melville, 'Moby Dick', pág. 285)


Nuestro encuentro con el famoso y feroz asesino Annawon es terriblemente fortuito, tal y como uno encuentra a ese amigo de la infancia tras largo tiempo en una ciudad distinta quizá extranjera, sólo que el asesino Annawon aún no nos conoce ni nosotros a él y aun así se nos acerca en aquel bar para preguntarme por el ciempiés.

Nota: La razón por la que resalto que se acercara para preguntarme por el ciempiés es que nadie antes me había preguntado por el ciempiés, ni siquiera nadie había detenido su mirada en él, como si sólo se tratara de un elemento de la calle o un paisaje. Dejo a juicio del lector de estas notas si este hecho sugiere que los asesinos tienen mayor sensibilidad, o quizás distinta.

Así el asesino Annawon se acerca al ciempiés y a mí en aquel bar:

-Curioso. El ciempiés.

-La gente no suele tener ciempiés como mascotas - vuelve a hablar Annawon y noto un cierto tono de burla y admiración en sus palabras. El ciempiés desata su risita mojada de insecto ante la irritante palabra "mascota", recalcando su posición de dueño. Yo no sé si Annawon lo ha adivinado y de ahí su burla o qué.

Visto que tiene ganas de hablar, empezamos a conversar cuando ni el ciempiés ni yo sabemos que se trata de un asesino y aún menos podemos imaginar al famoso y feroz asesino Annawon delante de nosotros en su tez morena rasgada por las cicatrices como la corteza de un árbol presumiendo de sus fechorías y en aquellos hombros enclenques. Hasta que lo confiesa.

He de decir que no hubiera podido evitar acometer alguna acción de pánico al escuchar las palabras del asesino Annawon delatándose si no hubiera sido por la reacción serena y casi científica del ciempiés, que comenzó a preguntarle por qué mataba.

-¡Y yo qué sé! ¿Y vosotros por qué folláis? Vosotros traéis vidas al mundo, yo me las llevo. Viene a ser lo mismo, sólo depende del punto de vista, depende de qué opinión tenga uno del mundo.

El ciempiés le preguntó entonces si lo entendía como una especie de arte.

-¡Al demonio el arte! Los poetas han hecho más daño que muchos cuchillos. Quien piense que la sangre es bella no ha matado en su puta vida. Matar a alguien es como meterse en un estercolero, te llenas de mierda hasta las orejas y al otro lo dejas que da pena, es algo muy feo.

El ciempiés preguntó entonces por la víctima.

-¿La víctima? La víctima seré yo, ¿no? Ayer maté a un mendigo. Se le habían muerto dos hijos y, sin trabajo, su mujer le había dejado. Pedía dinero, pero en realidad pedía que lo mataran. Yo respondí a su verdadera súplica. ¿No fue una bendición para él? En cambio, ¿qué fue para mí? Un pequeño placer a cambio de ser buscado por esos policías vuestros... ¿No soy yo la víctima?

-¿Y la joven que... mataste la semana pasada? - me atreví a intervenir.

-Eso fue sólo placer - una sonrisa amable.

-¿Qué placer?

-El placer de algo que acaba. Como el viento en las rocas. Como el árbol en el fuego. Como una ola en la playa. Como el sol cuando llega la noche o la oscuridad cuando llega el día. Como un orgasmo.

-También dicen... en los periódicos dicen que matas por algún tipo de... espiritualidad.

-¿De verdad? - rió- La espiritualidad y los dioses son un bastón para las conciencias débiles. Sólo yo me juzgo. Y tengo claro que lo que hago lo hago bien y, si no, no lo hago... Si se refieren a que desnudo los cuerpos tras el acto, no se podría considerar una creencia, sólo lo hago por ellos, por los muertos. Opino que uno debe afrontar la muerte desnudo. Desnudos vinimos y desnudos nos vamos. A la muerte eterna le importan una mierda nuestros disfraces.

Cuando llegó la policía, el asesino Annawon ya no estaba. Todos los presentes en el bar nos habían visto (al ciempiés y a mí) hablar con él, así que la policía nos llevó para tomar declaración. Yo me había quedado impactado por la sensibilidad delirante del asesino y no opuse resistencia. En el coche de los detenidos estaba Carmen, como una brisa de mar en la noche que trae el perfume de un nostálgico recuerdo. Afuera bajo la lluvia estaba el ciempiés, los policías insensibles se habían olvidado de él.

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