El ciempiés VII - Sentir



La amistad entre el ciempiés y yo eran ya granos de arena que se posan uno sobre otro caídos de un reloj y forman una disfrutable playa.

-Mis sensaciones son demasiado reales.

Reflexionando sobre esa frase que había pronunciado alguien algún día, dimos en recorrer las calles y abandonarnos a nuestras sensaciones.

Cuando uno se abandona a sus sensaciones son dos cosas las primeras que invaden su mente, dos cosas grandes y eternas como el sol y el viento, que soplaba como un beso largo y denso aquella tarde. Del sol prevalece quizás su brillo inherente, que da formas y colores al mundo y es el dios al que adora nuestra vista, pero también el calor que empapa (al menos aquí en la costa) como un abrazo mojado en alcohol y que se escurre en lo más íntimo de nuestras vísceras y nos vierte sangre sonriente al corazón. Y el viento cuántas veces nos habremos (el ciempiés y yo) abandonado con los brazos en cruz al viento costero que llega de los acantilados y alza nuestros brazos como incitándonos a volar y con su fuerza rasga nuestros oídos y silencia el mundo.

Después hay todo un planeta allá fuera y lo dividiría en colores y olores y sonidos y tactos y así pasa un arcoíris (demasiado gris, comenta el ciempiés) rugiendo metálicamente a nuestro lado, pero es fácil no escuchar y en cambio ahí está el verde veteado abajo y el azul arriba se unen en el horizonte de nuestra piel, bañando el azul al verde, que está aún húmedo. Hay gente que dice que las ciudades huelen hoy a gasolina y contaminación, pero el ciempiés y yo sólo extraíamos el aroma de las flores de los parques y el aroma rojo y crujiente de la arena seca de la playa y el aroma salado de las olas rompientes mientras la arena mojada se disuelve bajos los pies desnudos, dulcemente como un helado en la lengua.

Después anocheció y es bien sabido que la noche enturbia los sentidos, difumina la vista, llena de ecos nuestros oídos, los tactos de los objetos se vuelven bohemios y todo huele a luna y a miel y a bajos deseos. Caminamos confundidos, el sol se había disgregado en miles de pequeños soles arraigados al suelo mediante palos artificiales, es la artimaña que utilizan todas las noches la luna y sus estrellas para reinar solas en el cielo y extender su manto mágico de invisibilidad oscura sobre la tierra, hasta que el sol maduro cae del tallo como una fruta y se alza por el horizonte, hinchado y rebosando un jugo rojizo.

Hay también otras sensaciones, finalmente, como que fluya la sangre o la conexión sináptica entre nuestras neuronas cuando vemos a alguien querido, a alguien a quien compadecemos o a quien odiamos que son de nosotros solos y mismos, y que no se pueden exteriorizar con palabras humanas, así que me las guardo y quizá me entendáis.

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