Intocable


No quiero abrir los ojos.
No, no me enseñéis esa realidad
que duele.

Quedaos con vuestra maldita realidad.
Yo voy lleno de sueños,
intocable, como un dios.

No derramaré lágrimas,
no gritaré.
Soñaré de nuevo,
otro sueño llegará a cubrir
los escombros, las ruinas
de los bombardeos
con su manto dorado.

Eso es todo.
No hay nada de lo que preocuparse,
siempre quedan los sueños.

Espera, ¡llamad al arquitecto!
Tiemblan las paredes, se resquebrajan,
se abren grietas, todo colapsa,
hay una ventana que no está tapiada
a las ruinas del mundo.
¡Qué luz tan cegadora
entra por ella,
qué luz tan oscura!

Suenan palabras a lo lejos
a hurtadillas entran entre las grietas
ecos de tu voz olvidada,
distorsionados y repetidos ecos metálicos.
¡Que alguien silencie el mundo, por favor!
Que alguien invoque al viento furioso,
que se lleve todas tus palabras,
que golpee las ruinas del mundo
y no se oiga nada más
que el viento, su silbido furioso,
la fricción con las piedras, con mis oídos.

Que alguien invoque un sol vasto y ardiente
que queme tus cabellos de oro en mis retinas y así
olvide tal vez aquellos instantes
cuando nuestras miradas se encontraban como dos ciervos salvajes,
córnea contra córnea.

Que no.
Que no es otro el que te sostiene en sus brazos,
apartad de mí esa imagen,
arrancad de mí estos brazos que también te sostuvieron
será como si nunca hubiera sucedido.

Ya veis.
El arquitecto tarda, aún no ha llegado.
Al otro lado de la línea virtual
un extraño sin rostro te abraza, te besa,
se enlazan vuestros cuerpos en la danza del amor,
se arrugan las sábanas y las promesas
las has empujado de una patada
(en mitad del orgasmo) fuera de la cama,
y en el suelo se licuan y gotean
entre las grietas.

¡Ah, llega el arquitecto!
¡Qué paz, qué silencio ahora!
Tapiad los muros de mis sueños
y dejadme solo.

No derramaré lágrimas, no gritaré,
soñaré de nuevo.
Yo voy lleno de sueños,
intocable, como un dios.

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